
A continuación un breve trabajo reflexivo construido por compañeras de Estética: Anto y Paloma, acerca del Pasacalle de la Facultad de Artes. Léanlo y ojalá puedan discutir en este post.
Transitando en constante estado de alienación, de vez en cuando requerimos de pequeños remezones que nos vuelvan a la vida. Es la necesidad de tomar conciencia sobre aspectos fundamentales, sobre nociones infaltables que quizás en el cotidiano, aún desaparecidas, se dan por asumidas. Es la certeza de lo demasiado obvio, que al desperezarse, evidencia su ausencia, su falta de lugar.
Es en este contexto que se instala un simulacro: la masa de estudiantes, la personificación misma de lo escolar aglomerado, que desde la estructura de la fiesta, se apropia de lo carnavalesco para infiltrarse en las calles, a fin de despertarlas. Como estampida de elefantes, al ritmo de lo avasallador e inminente, hay algo que remece, que hace inviable toda siesta, e insita a un soñar otro, despierto, activo.
Es el teatro que sale a la calle, que interactuando con la ciudad y apropiándose de los espacios, irrumpe en lo normado desestructurando su perpetuo tránsito, disolviendo su indiferencia. A través de esta representación simbólica -que a ratos se vuelve literal- lo encapsulado y ficticio de la performance, puede deslindarse hacia lo real; convirtiéndose en explosión y tematizando un asunto actual. En este sentido, es el contexto, es la calle en su efervescencia, la que le anima a un devenir activo –y ya no sólo representativo- de lo visto. Así, encarnando convicciones, no sólo se escenifica una historia que contar, sino que se expone –aunque decorado- un fragmento de la contingencia.
En el marco de esta pseudo-fiesta, donde las máscaras y el son carnavalesco constituyen una atmósfera, la lucha entre el bien y el mal tiene lugar. Y es la pugna estereotipada, oscura marioneta versus animal protector tan simbólico, que imbuida en aires festivos transluce su ambivalencia. Pues se trata de una fiesta nefasta, que evidenciando los últimos estertores de una educación en crisis, augura su inminente muerte mediante un llamado de atención. Dialogamos con lo grotesco, con las fuerzas del mal encarnadas en el burócrata hipertrofiado, cuya visión ha sido obnubilada por el lucro; y al mismo tiempo, nos enfrentamos a sólidos compromisos, grandes como elefantes. Son exigencias, convicciones y memorias imperecederas, que como en cúmulo, en el gesto de la manada, coalicionan desde lo micro, para condurcirnos a reformas macro.
El elefante, la fuerza que en su indefensión nos ampara, podría ser también, la memoria; no sólo una fuerza que coaliciona en el presente, sino una máquina de hacer presente el tiempo pasado, de reivindicar lo sido y los proyectos truncados. Es volver sobre lo ya olvidado, tal como La fiesta rememora lo que merece ser recordado.